La enseñanza del derecho procesal civil y el alumno rebelde

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pizarra y tiza

Enseñar no es tarea fácil. Preparar clase tampoco lo es.

Enseñar exige poseer conocimientos sobre el tema lo suficientemente profundos y complejos como para discriminar información, privilegiar lo más importante, y transmitir aquella que es indispensable, de la forma más clara, amena y sencilla posible.

Enseñar derecho procesal civil no es para improvisados. Derecho civil no es derecho procesal civil. Hay que tener una formación especial y haber recorrido una serie de lecturas cuya complejidad bien puede ser igual o mayor al de la disciplina del derecho civil. Hay que saber investigar, hay que haber investigado y, además, haber llegado a resultados visibles, con reflexiones críticas sobre la materia a enseñar; es necesario saber cómo y cuándo hacer un análisis crítico al momento de exponer alguna materia; es determinante saber cuándo detenerse o dejar de hablar sobre algo para no atosigar al alumno con nuestras preocupaciones intelectuales.

Enseñar derecho procesal civil no es hablar sobre plazos, dar los “truquitos” para el ejercicio profesional o enseñar a redactar demandas. No es leer artículos del Código Procesal Civil en clase, pontificando, como si allí estuviese encerrado el elixir del conocimiento. Hay que dotar a los alumnos de fundamentos teóricos para que establezcan las conexiones del proceso civil con el derecho constitucional, el derecho material y la teoría del derecho. Por ello, un práctico fracasa irremediablemente en la tarea de enseñar proceso civil. No dar los fundamentos teóricos suficientes equivale a estafar al alumno.

Y es que hoy es tan fácil escuchar a alguien hablar sobre proceso civil a pesar de ser notoriamente ajeno a él. Esto muchas veces me lleva a pensar: “Le falta formación de procesalista”.

Pero no es mi pretensión que este discurso hasta aquí esbozado se dirija a los profesores. Este vuelve sus ojos, especialmente, hacia el alumno.

Malos y mediocres profesores de derecho procesal civil, de hecho, los hay… y los habrá siempre. Nos toparemos con unos que sencillamente no conocen su tema; otros seguramente no incentivarán al alumno a conocer más, por miedo a que este lea algo que aquel nunca leyó; habrá otros que no querrán compartir sus materiales de lectura, por egoísmo, flojera u otra razón. En fin, todo ello genera desencanto en alumnos ávidos por leer más y más.

Allí es donde el alumno debe asumir una postura rebelde: quejarse porque el contenido no está claro, porque no hay suficientes lecturas complementarias, porque la exigencia es muy baja, porque el profesor no es puntual, porque las lecciones están desfasadas respecto a lo que se dicta en otras facultades de Derecho. Eso puede llevarnos a cuestionar al profesor ante las autoridades académicas… aunque eso muchas veces no sea suficiente. Hay, infelizmente, argollas, mediocridad e ineficiencia que son inquebrantables desde abajo.

Es necesario, por tanto, salir a buscar fuera de los confines de lo que nuestra universidad tiene para ofrecernos. Luchar por la universidad amada tiene un límite, y ese es el tiempo que requiere la formación jurídica y cultural de cada uno.

Necesitamos, por tanto, urgentemente, alumnos rebeldes.

Con algo de suerte, en nuestra búsqueda encontraremos buenos profesores que puedan y sepan orientarnos; alguien con quien forjar un intenso contacto académico y personal, que sea depositario de nuestras dudas y que nos recomiende buenos autores (y si puede prestarnos materiales, aún mejor) para poder conocer cada vez más. De allí para adelante, dependerá de nosotros mismos.

Estudiar, investigar, producir conocimiento, dialogar críticamente, presupone una tarea preciosa y ardua, que demanda muchos sacrificios a lo largo de toda una vida. Y si todo ello permite conducir a buenas reformas legislativas y a una mejora en la práctica forense y judicial, entonces sí es posible cambiar el país.

Con buenos profesores y buenos alumnos, estoy seguro que no es una utopía.

¡Hagámoslo juntos!

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