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Interés procesal

Nueva entrega del curso virtual “Postulación del proceso”, esta vez tratando sobre el interés procesal (o “interés para obrar”).

A los que proseguirán…, por José Joaquim Calmon de Passos

José Joaquim Calmon de Passos (1920-2008)

Hace aproximadamente unos cinco años, cuando hablábamos sobre los grandes nombres de la procesalística brasileña, mi amigo Fredie Didier Jr. me envió, vía Telegram, un archivo. “Peruano -me dijo- lee esto y dime qué piensas”. Era una nota escrita en 2008 por el mismo Fredie tras la muerte de José Joaquim Calmon de Passos.

A Calmon de Passos ya lo conocía, pues había revisado algunos textos suyos para mi primer libro, publicado en 2014. Leí ávidamente el texto de Fredie y luego de algunos minutos, con el corazón latiendo fuerte en la mano, le confesé que no pude contener las lágrimas al llegar al final, que cierra con la transcripción del colofón de un discurso dado por Calmon, en 1998, en la ceremonia de graduación de la promoción de Fredie. Luego me envió el discurso completo y recuerdo haberlo disfrutado sobremanera. También, por supuesto, imaginé qué hubiera sido tener un Calmon de Passos en mi desorientada vida de estudiante universitario.

Hace unos días, el 16 de mayo de 2020, se conmemoró el centenario del nacimiento de Calmon de Passos y volví a leer el discurso. Para mi sorpresa, descubrí que hacía tres años había comenzado a traducirlo, pero por razones que ya no recuerdo, lo dejé incompleto. Después de un par de días lo finalicé y he de decir que fueron las horas más maravillosas que he tenido en mucho tiempo. La potencia del discurso, la ternura, la sabiduría, los deliciosos giros literarios, las reflexiones filosóficas, los consejos para el futuro de alguien que sabe que ya no le quedan muchos años pero que aún tiene tanto por decir…

Esta traducción fue realizada para acercar a los juristas hispanohablantes, aunque sea someramente, a la inmensa figura de Calmon de Passos, y a los estudiantes, como permanente e inagotable fuente de inspiración. Pero también tiene algo de egoísmo de mi parte: cerrar los ojos y sentir como si hubiese sido yo, con las emociones a flor de piel, quien presenciara ese discurso.

Agradezco a Fredie por ayudarme con la traducción y por sugerirme publicarlo en este pequeño espacio y al querido David Ibarra por sus correcciones literarias.

A los que proseguirán…*

Por José Joaquim Calmon de Passos**

La vida humana se desarrolla bajo la influencia de tres paradojas: la de la subjetividad, la de la libertad y la del tiempo. Tres desafíos que nos inquietan e interpelan y siendo ello lo que da calidad humana a nuestro vivir, al mismo tiempo, paradójicamente, constituyen la matriz de la angustia existencial que experimentamos.

Nos sabemos un “sujeto”, alguien que no es un cuerpo y sí poseedor de uno al que está irremediablemente unido, pero ante el cual se percibe “diferente”. Cada uno de nosotros es un ser biográfico, único e irrepetible, pero procuramos en vano un “lugar” para este sujeto y la posmodernidad insiste en deconstruirlo, desgastarlo hasta definirlo, de manera bastante económica, como una red neuronal, de un lado, y una red lingüística, de otro, en las expresiones de Rorty.

Nos sentimos libertad, sufrimos la necesidad de optar, haciendo ocurrir aquello que jamás habría ocurrido sin nuestra voluntad. En cada decidir, sin embargo, nos espolea la inseguridad sobre el acierto de nuestras elecciones, porque somos conscientes de nuestros condicionamientos genéticos, de la fuerza modeladora de la sociedad en que vivimos, de los límites impuestos por el medio ambiente y de las distorsiones irracionales que nuestros miedos interiores, poderosos, determinan en nuestro comportamiento.

Asistimos, diariamente, al espectáculo del Sol recorriendo el cielo, de la aurora al crepúsculo, señalando el transcurrir de nuestros días. Percibimos el cambio de las estaciones y los acontecimientos se suceden, volviéndose recuerdos, y nuestro vivir se hace biografía. Vivenciamos, en carne y espíritu, la experiencia del tiempo. Somos observadores del propio acontecer de nuestra existencia, de la realidad inexorable del desgaste de nuestro cuerpo. Vemos el tiempo arrancarnos de la espontaneidad de la infancia, proyectarnos en la inquietud de la adolescencia, robustecernos con los desafíos de la mocedad, enraizarnos en la prudencia de la madurez y fragilizarnos, finalmente, la consumación de la vejez. Pese a esa dramática experiencia, buscan convencernos de que el tiempo constituye una ilusión de nuestra consciencia, puro fenómeno psicológico, por cuanto la realidad es la de un existir sin temporalidad. No hay un tiempo que pasa; somos nosotros los que pasamos, ante la indiferencia del Ser, que es eterno.

Impactos tan poderosos pueden llevarnos al desánimo o al desespero, a la supervivencia oportunista por el cinismo, o a la fuga por el inmediatismo descomprometido, por quedarnos sin respuesta sobre el por qué y para qué de la existencia humana. Si es que ningún significado encuentro para el vivir, ¿qué sentido tendrá fatigarme, insistir y resistir, recomenzando siempre lo que previamente sé que quedará inconcluso? ¿Por qué proseguir si no estoy yendo a ningún lugar?

Ante esos desafíos, pocas posturas son posibles. Una, negativa, sea ya la del rechazo absoluto, traducido en el desespero existencial, que se radicaliza por la autodestrucción física, sea ya la de la renuncia radical, manifestada en el vacío existencial, que se radicaliza por la autodestrucción psíquica. Otra, la del escapismo, cuando procuramos ignorar el desafío, contorneándolo con el activismo de lo inmediato, que nos proporciona la ilusoria sensación de estar sobreviviendo aparentemente intactos cada día.

Finalmente, la respuesta positiva, la de los que aceptan los desafíos de la vida y asumen el coraje de ser. Veo esta expresión como una particularmente feliz. El coraje de ser. Si no nos socorre la inocencia de las cosas de la naturaleza, que simplemente lo son sin hacer preguntas y reclamar respuestas; si fuimos marcados por la necesidad de comprender y dar significación y sentido a nuestra actividad, irónicamente imposibilitados, sin embargo, de lograr certezas pacificadas; si este es un modo de ser inherente a nuestra condición humana, solo nos resta la bravura de asumir el desafío que nos fue colocado como algo específico y constitutivo de la ley que la preside.

La naturaleza nos hizo, inexorablemente, prestadores de sentido y significación a todo con que interactuamos, inclusive a nuestro propio existir. De esta manera, sin alternativa, corresponde que nos armonicemos con este determinismo, haciéndolo con la misma paz con que lo soportan todos los demás seres vivos. Esto solo será posible si corajudamente asumimos la propia vida como valor positivo, algo en sí mismo dotado de sentido y de valioso, dejándonos impregnar por ella hasta lo más íntimo de nuestras células. Sentirnos ya no como extraños ante el desafiante misterio del cosmos, sino insertarnos bien en su núcleo, como aquellos que, integrados en él, se destinan a vivenciar la experiencia de su misterio.

Este imperativo del coraje de ser, colocado para todos los hombres, se hace exigente, de modo particular, para algunos de nosotros. En el hacer de la sociedad, tarea principal que nos corresponde, existen papeles y funciones que solo pueden ser desempeñados por quien asumió esta postura de coraje frente a la Vida y sus desafiantes paradojas. ¿Cómo pensar en los que proclaman la fe sin la aceptación de lo sagrado de aquello cuanto existe? ¿Cómo entender el empeño de aquellos que intentan construir lo que les sobrevivirá si para ellos el mañana ya estuviese predeterminado, si solamente somos llevados por la corriente del acaso y de la necesidad?

El jurista es uno de estos actores sociales que se deslegitiman si es que son disociados de la postura del compromiso con la Vida y desprovistos del coraje de ser. ¿En qué términos dedicarse al derecho descreyendo de la libertad del hombre, de su capacidad de optar si es que esta creencia es fundamental para poder responsabilizarlo por sus actos? ¿De qué modo dedicarse al derecho sin entender como valioso el compromiso de hoy, que busca ofrecer alguna seguridad frente al desafío de la incertidumbre del mañana? ¿Cómo comprometerse con el derecho recusando del hombre la capacidad de plasmar significativamente su modo de ser y de convivir? Quien descree de la libertad, niega la responsabilidad que tenemos por los actos que practicamos y entiende como poco valioso el compromiso, hoy asumido y mañana exigible, no es un jurista, jamás lo fue o ya dejó de serlo, aun cuando formalmente se muestre o profesionalmente pretenda ser reconocido como tal.

También el profesor es uno de estos actores sociales comprometidos con el coraje de ser. No se busca dar continuidad a lo que carece de sentido. Tampoco se transmite lo que está desprovisto de toda utilidad. Coincidentemente, y por fuerza de una vocación irresistible, desempeñé en la vida estos papeles. Siempre quise ser cultor del derecho y maestro. Sucesos favorables me permitieron realizar estos sueños y el ser jurista y profesor hicieron de mí, consecuentemente, alguien apasionado por la Vida, que se dejó poseer por ella y a ella se entregó con enloquecida pasión.

Por eso mismo, a las paradojas que me desafiaron reaccioné siempre exorcizándolas. Frente a las interpelaciones que me hicieron, respondí con determinación:

Soy un sujeto, tengo nombre e individualidad, soy alguien que sabe que es, que está vivo, cargando sentimientos y dejándolos florecer como florecen los árboles antes de ofrecer los frutos. Me siento libre, perplejo y asustado, a veces, pero libre inclusive para renunciar a mi libertad. Y creo en el tiempo, lo siento en el cuerpo y en el corazón, en la mente y en los huesos. Si fuese una ilusión, no lo es para mí. El tiempo está presente y poderoso en mi trayectoria bibliográfica, en la añoranza del niño del ayer que ya fui y convive con la fragilidad de la vejez de hoy, anunciadora del fin del apoteósico acontecer que fue el inicio de mi aventura humana”.

Queridos ahijados, no es el calendario lo que fragmenta la continuidad sin solución del fluir del tiempo. Como dice Gadamer, son los acontecimientos que llama de epocales, aquellos que, al ocurrir, suscitan en nosotros, de modo incisivo, la sensación de que se han verificado cambios y nos permiten distinguir lo viejo de lo nuevo. Menciona, como aquello, la bomba atómica y su utilización en Hiroshima y Nagasaki. En este preciso momento, algo nuevo comenzó, antes desconocido y no experimentable. Si no todo acontecimiento epocal es de esa magnitud, muchos otros existen y nos permiten ver la “novedad” surgiendo en nuestra vida personal, en la vida de nuestra comunidad, de nuestro país o del mundo. Recuerda, por ejemplo, el suceder de las generaciones. Este fenómeno de la generación como acontecimiento epocal se intensificó aún más en nuestros días, marcados significativamente por la comprensión del tiempo-espacio. Si hace algunos siglos, de una a otra generación poco había que decir en términos de cambios, hoy, de modo devastador, todo se vuelve obsoleto en pocos años, tanto material como existencialmente. Nuestros hijos se vuelven nuestra perplejidad, porque en cada década ocurren transformaciones que nos vuelven “hombres del ayer” cuando aún ni siquiera comenzamos a envejecer.

Esa experiencia dramática de la generación como acontecimiento epocal la viví como padre, la vivo como abuelo, pero ella fue particularmente rica para mí en mi condición de profesor por casi medio siglo. Mientras que el tiempo me desgastaba, era compelido a dialogar con jóvenes que llegaban a la Universidad marcados por las provocaciones que sus descubrimientos sin respuesta les generaban. Diferente era cada grupo, y aún más diferente cada generación, e inquietaban al hombre que en mí deseaba permanecer siendo lo que siempre había sido, para tener seguridad.

Ser maestro, sin embargo, es aceptar el desafío de considerarse permanentemente inacabado, en perpetua formación y reformulación, ofreciendo referencias a los jóvenes que llegan necesitados de ella, dejándose alcanzar por el desinstalador de las provocaciones que la novedad de la vida coloca para cada individuo y para cada generación. Tuve, por tanto, para ser fiel a lo que esperaban de mí, que bucear en el torbellino de los cambios rápidos y profundos, braceando en la corriente para sobrevivir con los jóvenes.

Muchas generaciones desfilaron ante mis ojos y en mi sala de aula. Ninguna de ellas reprodujo a la otra. Cada cual tuvo su marca, sus desafíos y su contribución. Aquella a la que yo pertenezco, la generación de los años 20, y también incluiría a la de los años 30, se caracterizó por la confrontación radicalizada entre derecha e izquierda, no meramente como estados de espíritu orientados a la prioridad de los cambios o de la consolidación de lo existente, sino como proyectos políticos concretos, utopías cargadas de fuerza mística y mesiánica que se hicieron militancia y confrontación. Fue casi diezmada por una guerra feroz que arrancó más de 60 millones de vidas. Poco tuve por hacer más allá de sobrevivir y persistir soñando.

La generación de los años 40, a la que asociaría también la de los años 50, fue justamente la que sucedió a la hecatombe, al holocausto y a Hiroshima. Tomó consciencia del mal en el mundo como jamás otras generaciones lo tuvieron. Y entre el miedo y la urgencia de vivir una existencia bajo permanente amenaza de aniquilamiento, emprendió la más radical desconstrucción del pasado, buscando la temeraria aventura de estructurar lo enteramente nuevo. Para ella, todo era posible, incluso la propia y definitiva victoria sobre el mal. Osó con el vigor de los Titanes, soñó con la exageración de los Quijotes y se inmoló con el desprendimiento de los mártires. Derrumbó barreras, volvió caleidoscópico lo que antes era uniforme y sobrio. Sin ningún proyecto concreto, osó a todo, sea por la disponibilidad radical del movimiento hippie, sea por la contestación radical de la rebelión francesa de 1968, sus símbolos más significativos.

La generación del 70 tuvo que vivir en la tierra arrasada por esas frustraciones, agravadas con el derrocamiento del socialismo real en el Este europeo. Le extrajeron todo: la energía del sueño que embriaga y el espacio donde la aventura se hace posible. Sin alternativa, para subsistir, se hizo tecnocrática, individualista, deconstructivista, hedonista, relativista, pragmática, bien representada por el modelo yuppie, saboreador de lo inmediato con la avidez del sediento. Al lado de estos, se colocaron aquellos en quienes aún persistía el pasado, perplejos entre acreditar en la supervivencia de lo viejo, apoyados en la fuerza de los irracionalismos fundamentalistas, o buscar descubrir en lo nuevo lo que podía ser la semilla del ayer brotando obstinadamente en la infecundidad del terreno hostil.

Ni unos ni otros lograron comprender suficientemente los acontecimientos, lo que les permitiría formular un nuevo proyecto utópico, ni conseguirían desapegarse de todo lo que debía ser olvidado del pasado. Fue aquella parte de la generación del 70 que huyó por la droga, por la desregulación sexual, por la obsesión del trabajo y del consumismo neurótico, por la catarsis del heavy metal o de la histeria religiosa colectiva, todos necesitados de atontarse para superar el mortal empobrecimiento interior experimentado.

Ustedes pertenecen a la generación de los 80, en la cual se puede correctamente incluir los nacidos en la segunda mitad de los años 70, generación que, creo, representará el marco inicial de la recuperación de un camino iniciado hace milenios: el del compromiso del hombre con su emancipación.

Del pasado, ustedes solo saben por lo que escucharon. Nada de lo que ocurrió antes les marcó la existencia ni les modeló la personalidad. Adquirieron la condición adulta ya en el mundo de la informática, de la robótica, de la física y la teoría del caso, de la matemática de los fractales, de la genética, de la clonación, de la globalización económica, de la consciencia planetaria ambiental y de la responsabilidad de administrar la supervivencia del propio hombre. Las narrativas utópicas y las construcciones universalistas pueden inclusive estar en los labios de algunos de ustedes, pero no tienen más raíces en sus corazones. Están disponibles para pensar lo nuevo y en condiciones de comenzar a pensarlo. De allí que les considere representativos de la generación-marco, aquella que señala el real pasaje hacia el siglo XXI. Leyeron la última página de la historia reciente y van a escribir la historia del tiempo nuevo. Se deparan con acontecimientos epocales significativos y son desafiados a realizar la tarea de recuperar en lo antiguo lo que corresponde preservar en lo nuevo, y a burilar lo nuevo, inmune a todo cuanto sea viejo. Tienen que reinventar lo pasado, en el lenguaje expresivo de Boaventura de Sousa Santos, retornando a las raíces, no para volver a plantarlas en el suelo de hoy, sino para extraer de ellas los nutrientes que darán vigor a las opciones de ahora, plasmadoras del mundo en que vivirán mañana.

Queridos ahijados, entre las cosas que proporcionaron alegría a mi vivir y me permitieron sentirme suficientemente realizado, mi sala de aula tuvo un papel destacado. En ella dejé lo mejor de mí y en ella me revitalicé con lo mejor de la juventud que vino a mi encuentro. Creo que nos hemos enriquecidos mutuamente. Tal vez pueda decir, parodiando a Alceu Vamosy, en uno de sus bellos sonetos, las sugestivas palabras que el amante dijo a la amada que tenía la imperiosa necesidad de partir:

Cuando de nuevo la luz del Sol dore radiosa

La calle sin fin, desierta, inmensa y desnuda

has de partir de nuevo, oh nómada hermosa

Ya no estaré tan solo, ni estarás tan sola

Ha de quedar conmigo una añoranza tuya

Has de llevar contigo una añoranza mía

A cada promoción que pasó por mis manos también podría decir, con igual sentimiento, que después de habernos amado mutuamente, estuvieron menos solos para los desafíos de la vida profesional, porque algo se llevaron de mí de todo cuanto procuré darles, sin reserva y sin avaricia. Pero algo también me dejaron, prestándome sus ojos para percibir con ellos la novedad de su tiempo, forzosamente también mío por la necesidad que tenía de vivirlo. Me impidieron  caer en la tentación de creer que mi tarea había concluido. Me obligaron a ir hacia adelante en su compañía, haciéndolo con la fraterna solidaridad de los combatientes que no aceptan dejar el campo de la lucha a los heridos y mutilados, pero que se fatigan al llevarlos consigo hasta el destino común, cualquiera que este sea.

Quiso la vida, sin embargo, reservarme un premio especial. Es este, el de ahora: ser su paraninfo, egresados del segundo semestre de 1997. No tuve la alegría de enseñarles. No convivimos en una sala de aula ni dialogamos en los corredores de nuestra Facultad. Nada les di y, sin embargo, recibo mucho de ustedes. A semejanza de los que antiguamente se casaban sin haberse visto jamás, fiándose solamente en la confianza depositada en sus padres, supe de ustedes por algunos de sus maestros, que admiro y en quienes confío, y por la convivencia de algunos egresados que se aproximaron a mí. Supieron de mí por medios que solo ustedes pueden identificar. Y sin enamoramiento ni noviazgo, estamos aquí para el matrimonio de esta solemnidad.

Fui agraciado por la confianza de los que me aceptaron, apostando en mí sin haber recibido nada de mí concretamente. Ser premiado con tamaña generosidad es lo mejor que podría desear al final de mi trayectoria. La magnanimidad de ustedes me reconduce, inclusive, al punto del que partí. Me permite revivir las emociones de mi primera clase en la Facultad de Derecho de la Universidad Federal de Bahía. Me posibilita volver a ver, por la fuerza del espíritu, un tiempo ya perdido. Recupero, con la misma fuerza de ayer, el encantamiento de quien veía realizado un sueño que le costó mucho y mucho le exigió.

Este discurso es mi última clase a jóvenes de la Facultad en que inicié, en la década del 50, mi caminata docente. El primero pude darle porque fui aprobado en el concurso en el cual me juzgaron diversos maestros. El de hoy está siendo posible porque fui aprobado en el concurso en que los discípulos fueron mis examinadores. Allí comencé, aquí termino. Y consigo hacerlo como si este concluir fuese un recomenzar. O, mejor dicho, como si fuese un proseguir, porque gracias a las manos de ustedes tengo condiciones de creer que mi jornada aún no alcanzó su fin.

¿Qué les puedo decir, ahijados, en esta oportunidad? Ayer, mi discurso fue una afirmación de confianza en el futuro. Proclamé mi fe en el derecho y resalté su relevancia para la convivencia social, advirtiendo, sin embargo, sobre los riesgos de que le atribuyamos la tarea de pretender efectivizar lo que está desmontado para volverlo realidad, debiendo el jurista huir del pecado de colocar falsas expectativas para la convivencia humana. Acentué, sin embargo, el imperativo de que jamás abdiquemos de aquello que es nuestra responsabilidad específica, con lo cual nos resguardamos también de ser agentes de frustraciones sociales.

En esos mismos términos quiero hablarles ahora. Talvez parezca incomprensible que aquel a quien tan poco futuro le queda se empeñe en hablar sobre el futuro, y hablar ratificando la misma profesión de fe otrora proclamada. Este es uno más de los desafíos que acepté, cuando ya casi ningún tiempo me resta: querer utilizar lo poco de lo que aún dispongo dialogando con quienes tienen frente a sí todo el tiempo del mundo. Lo hago, además, convencido de no incidir en insensatez reconociéndome como capaz de saber algo sobre un camino que mis pies no recorrerán. Les explico por qué pienso así.

Retomando a Gadamer, me pregunto: ¿Qué es la realidad del presente que en ningún momento se puede identificar realmente consigo misma como lo que no existe? Inclusive porque el “ahora” ya no es “ahora” en el momento en que lo identifico como ahora. En el decurso de los “ahora” en un pasado infinito, su llegada hasta un futuro infinito deja en el aire la pregunta de lo que será este “ahora” y, además, ¿qué es propiamente este río del tiempo transitorio que llega y que pasa?

Respondo como él lo hizo. La experiencia de la continuidad tiene una base muy diferente de la simple experiencia del fluir incesante del tiempo. La continuidad de la historia, inclusive de historia personal biográfica, agrego yo, culmina en el hecho de que, no obstante la transitoriedad del presente, el transcurrir implica siempre un llegar a ser. No somos nunca solamente el pasado ni solamente el presente, porque la criatura humana, por necesidad ineliminable de su naturaleza, es siempre proceso, un permanente estar haciéndose, sobrepasándose sin cesar en una imagen futura de sí misma.

Cada momento de nuestra vida es ineluctablemente la intercesión de lo que fue con lo que está siendo para la realización de lo que será. Por este motivo, ayer, hablé del futuro, cuando lo tenía con anchura frente a mí. Hoy, es también sobre este que insisto en hablar, aun sabiendo que de este muy poco me queda. Lo hago, sin embargo, porque si de este desviase los ojos, ni siquiera conseguiría dar sentido a mi efímero ahora.

“Es bonito amar el mundo con los ojos de los que van a nacer”. Estas bellas y sugestivas palabras de Otto René Castillo las invoco yo en este momento para decirles por qué relleno el efímero “ahora” de mi presente con el mañana de ustedes.

Queridos ahijados, la reflexión centrada estrictamente en lo jurídico es siempre estéril. El derecho marcha en la dirección en que la sociedad camina y anda con ella, no frente a ella. A la vez, el derecho es no es raíz. Si es posible identificar las raíces, estas son lo económico y lo político, “revestidos” por lo ideológico. Todo pensamiento jurídico, toda construcción jurídica, por tanto, tiene presupuestos y determinantes de naturaleza ideológica, que, a su vez, se asientan en el subsuelo de lo económico y de lo político. Consecuentemente, pensamos y actuamos siempre comprometidos ideológicamente, sea que privilegiemos el status quo, sea que nos centremos en el compromiso con la transformación social. En la práctica, la dinámica inherente al propio derecho aproximará a todos, de modo que, rigurosamente, solo podremos afirmar que caminamos en márgenes diferentes, pero a lo largo del mismo río. Se trata de la vía caudalosa de la necesidad de otorgar seguridad y previsibilidad a la solución de los conflictos que se instalan en la vida social, lo cual solo es factible en la armonía con la efectiva correlación de fuerzas socialmente contrapuestas. Donde la afirmación de que lo económico y lo político preceden a lo jurídico y lo conforman, contra este hecho ineluctable poco puede hacer nuestro discurso conservador o emancipador.

Infelizmente, la ausencia de concreción del derecho, expatriado del mundo de las realidades materiales, situado fuera del ámbito del saber controlable por la contraprueba empírica, planeando peligrosamente en la dimensión comunicativa del hombre, en que el discurso y la palabra posibilitan delirios en términos de pronósticos y fantasías en términos de diagnósticos; infelizmente, decía, y por todo eso, el derecho nos coloca a todos nosotros como juristas bajo el permanente riesgo del descrédito científico y que seamos vistos como manipuladores de la ética.

De esos males solo podemos inmunizarnos mediante una severa disciplina metódica, rigor lógico y transparencia en la fundamentación de nuestras conclusiones, además de un permanente compromiso con la facticidad de lo social. El hecho que pretendamos, por tanto, como juristas, vislumbrar algo del mañana, colocándonos simplemente en el pedestal de lo exclusivamente jurídico, significa pretender observar neciamente lo que existe más allá de un muro de muchos metros poniéndonos en la punta de nuestros pies.

Sin que estén definidos los rumbos económicos y políticos del futuro, nada de lo jurídico será previsible. De esta manera, reflexionar sobre el derecho de mañana reclamaría de mí reflexionar, antes, sobre cómo serán institucionalizados, en el futuro, el mundo de las necesidades y el mundo del poder. Se trata de una tarea excesiva para mi escaso saber y para esta oportunidad, dado que es muy reducido el tiempo del cual dispondría para ello y sobrepasarlo sería una imperdonable insensatez. De allí la razón por la que, en una síntesis acaso por demás restringida, me limite a delinear la bifurcación fundamental que, sobre el particular, veo ante mis ojos.

La modernidad, en el Occidente, por imperativo histórico, en virtud de la sofocante hegemonía del papado en la Edad Media, centró su tarea emancipadora en el énfasis sobre el sujeto, en su dimensión de libertad y racionalidad. En el ámbito de lo jurídico, la consecuencia fue la ordenación social enfocada en la hegemonía de los derechos, en detrimento de la predominancia de los deberes, como ocurría en la premodernidad.

Antes, los hombres se sometían a las limitaciones que los dioses o la tradición les imponían. En vez de hablar del derecho a la vida, por ejemplo, se acentuaba el deber de no matar, y en lugar de enaltecer el derecho de propiedad, se enfatizaba el deber de no codiciar las cosas ajenas. La modernidad libertó al hombre de esas amarras y le colocó como su propia medida. Le hizo señor de sí mismo. Le dio como parámetro la razón y a partir de ella buscó institucionalizar el deber. Si nosotros somos nuestra propia medida, es a partir de esta autarquía que la mejor conducta debe ser definida. Esta línea de pensamiento conduciría, necesariamente, a la hipostasia del sujeto y de su afirmación, lo cual implicó la prioridad de los valores de la libertad en detrimento de sus límites; vale decir, de las no-libertades, del derecho, en detrimento del deber.

Las consecuencias inevitables fueron una convivencia social y una organización política centradas en pretensiones antes que en obligaciones, derivando de ello el predominio de la voluntad de dominación en detrimento de la voluntad de servir, de procedimientos que privilegiaban la autonomía en desfavor de todo cuanto favorece la integración, del recrudecimiento de los conflictos con fragilización de la solidaridad.

A la par de ello, y tal vez su más grave consecuencia, fue el debilitamiento de la autolimitación de la libertad, que es la manera más segura de tutelar la propia libertad. De allí este nuestro mundo de hoy, en que entonamos hosanas a la libertad, pero tenemos cadenas en nuestros pies. En este mundo, en el que ocurren fulgurantes proclamaciones formales ratificadoras de la soberanía de las libertades, mientras que la realidad de lo cotidiano es de progresiva inseguridad, alimentada por la progresiva conflictividad de una convivencia social de hombres que perdieron toda referencia del “otro”, lo cual solo fue posible con la introyección del deber como valor. Así, descomprometidos con el deber y desvinculados de este, los hombres hicieron de sí mismos, de su soledad sin solidaridad, el valor supremo. Se aislaron mentalmente, mientras que, materialmente, se estructuraba un mundo de sofocante interdependencia.

Proseguir en esta dirección es una de las alternativas que vislumbro. Si ello ocurriese, el derecho será mañana solamente exacerbación de lo que es hoy. Y el resultado tal vez sea la irónica y trágica alegoría idealizada por Robert Kurz: el espectáculo del último capitalista en el mundo, en el balcón de su rica mansión, protegido por una máscara contra la contaminación atmosférica, bebiendo el último sorbo de agua potable existente en la Tierra.

La otra perspectiva será cambiar nuevamente el énfasis hacia el deber. Pero no reestableciendo la antigua servidumbre a los dioses, en la persona de sus intérpretes, o la tradición inmovilizadora, sino la comprensión de que si todo falló ayer, cuando miramos hacia el cielo y buscamos en la trascendencia la estrella-guía, si la buena vida humana de la multitud tan deseada y necesaria fue imposible de obtenerse cuando miramos hacia nosotros mismos, que sea intentada la tercera vía que aún es posible: que edifiquemos la ciudad de los hombres mirándonos los unos a los otros, buscando en el descubrimiento de la dignidad del prójimo la revelación y el reconocimiento de nuestra propia dignidad.

Esta vía promisoria parece estar siendo ampliada en nuestros días. Está presente en la reflexión de Perelman sobre la ética y el derecho, en una genial construcción habermasiana de la acción comunicativa, en la institucionalización todavía un tanto anárquica e intuitiva de las organizaciones no gubernamentales, en el aún mal entrevisto universo de la comunicación vía ciberespacio. Y una señal significativa de ese cambio de rumbo fue el Congreso que, en el año pasado, entre el 4 y 6 de septiembre, se realizó en Praga. En este estuvieron presentes figuras representativas del mundo de hoy, entre los cuales destacamos a Vaclav Ravel, presidente de Checoslovaquia, Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, Helmut Schmidt, expremier de Alemania, Shimon Peres, expremier de Israel, el físico Fritjof Capra, el filósofo Castoriadis, el sociólogo Dahendorf y el Dalai Lama. De ese Congreso salió la primera declaración universal de las responsabilidades de los hombres, comprometiéndose todos los signatarios a luchar a favor de un modelo económico que no privilegie el crecimiento como un fin en sí mismo, por el retorno a la dimensión espiritual de la vida humana y en favor de una sociedad internacional que no obedezca ciegamente a la lógica de la globalización, que, en las expresiones del budista Sivaraska, es una nueva religión demoníaca, la cual, bajo el control de las grandes corporaciones, está arrastrándonos hacia el “Macmundo” infernal del fast food y del consumismo desenfrenado.

En esta dirección es que vislumbro la semilla de la utopía que proporciona a las generaciones futuras de la energía y del optimismo que hoy nos faltan y deben ser recuperados, permitiéndonos perseverar en la santa locura de creer posible la fraternidad humana.

Queridos ahijados, quiso el destino proporcionarme la rica experiencia de este, nuestro encuentro. Inicié mi tarea docente interactuando con una generación que buscaba ser un divisor de aguas. Talentosa, vibrante, libertaria hasta la temeridad. Concluyo la caminata dialogando con jóvenes que retoman el proyecto del ayer en nuevos términos, también talentosos, vibrantes, pero diferente de aquellos porque son mucho más desafiados a reconstruir, en el espacio en que fue edificada la ciudad de ayer, casi reducida a escombros por los diversos y cruentos embates, una ciudad nueva en que se pueda retornar a disfrutar la paz perdida.

El desafío colocado para ustedes es el de recuperar, del pasado, la capacidad de indignarse, buscando en este inspiración y estímulo para la rebeldía frente a lo que pretende perpetuarse y ser definitivo. Sumérjanse muy en el fondo de lo ocurrido ayer para detectar dónde se ha perdido el rumbo y dónde tuvo inicio el descamino. Pero de esa inmersión en el pasado ustedes no pueden recoger ninguna fidelidad con lo que fue pensado y con lo que fue emprendido.

Otro es el mundo en que viven, es otro el paisaje, otros los caminos. Corresponde sobreponer a Adorno y Marcuse, geniales descodificadores de la ideología tecnocrática, la visión positiva de la cibercultura entrevista por Pierre Levy, quien podrá llevarnos a una nueva universalidad sin totalidad. Al disenso del irracionalismo radical de Lyotard, respondamos con la energía motivadora de la acción comunicativa de Habermas, que nos señaliza hacia la recuperación de nuestras bases éticas. Al fundamentalismo marxista de tantos, debemos contraponer la desconstrucción de Robert Kurz, quien, manteniéndose fiel a la crítica del capitalismo antes emprendida, demuestra, sin embargo, lúcidamente, la imposibilidad de superarlo desde fuera y nos convoca a volvernos piezas de resistencia de la energía que lo nutre, esto es, la reproducción ampliada que nuestro consumismo neurótico nutre cotidianamente. Opóngase al nihilismo de Jacques Monod la lectura motivadora de Prigogine, que busca reincorporar a la física del probabilismo un sentido cósmico justificador de los desafíos de la aventura humana.

Los gigantes del ayer solo nos son útiles si permitiesen que, subiendo en sus hombros, podamos ver más allá de lo que ellos fueron capaces de vislumbrar. Haciéndolo así, ni los traicionamos ni los olvidamos; antes bien, permitimos que sobrevivan con nosotros, como pilares sobre los cuales asentamos nuestro mirador más elevado.

Ustedes son la generación que puede hacer eso. Ya no se sienten amantes infieles buscando otros amores, ni hijos ingratos por intentar caminar con sus propios pies, llevando los bienes que el deber paterno de compartir les proporcionó.

Libérense de nosotros, sin olvidarnos ni dejar de amarnos.

Llévenos en sus corazones, pero icen las velas, leven anclas y dejen el puerto en dirección hacia la línea en donde el cielo y el mar se confunden y parecen fundirse. Allí está el horizonte, que es el destino de los que aún pueden y necesitan aceptar el desafío de las aventuras y asumir el coraje de ir en dirección a lo inesperado.

Caminen hacia el futuro y llévenme con ustedes. No mi cuerpo, tan frágil, tan transitorio y tan precario, sino lo que fui en espíritu y verdad para ustedes, si es que acaso lo fui.

Si así lo hicieren, estaré presente también en el mañana de ustedes, porque es precisamente en este permanecer de aquello que fuimos en alguien que aún continúa siendo, que se realiza el irreprimible deseo humano de la perennidad. Este sobrevivir tiene un nombre: se llama inmortalidad.


* Discurso leído el 7 de febrero de 1998, en calidad de paraninfo de la promoción de 1997 de la Universidad Federal de Bahía. El discurso fue publicado en el libro póstumo Revistando o direito, o poder, a justiça e o processo. Reflexões de um jurista que trafega na contramão (JusPodivm, 2012). Traducción del discurso por Renzo Cavani.

** José Joaquim Calmon de Passos (1920-2008) fue Profesor Emérito de la Universidad Federal de Bahía, jurista y abogado. Llegó a ser Fiscal General del Estado de Bahía. Es autor de artículos y libros, los cuales son los siguientes: Do litisconsórcio no Código de Processo Civil (1952), Da jurisdição (1957), A nulidade no processo civil (1959), Da revelia do demandando (1960), A ação no direito processual civil brasileiro (1961), Comentários ao Código de Processo Civil, vol. III (Forense, 1974 – 9a ed. 2004), Comentários ao Código de Processo Civil, t. 10 – Teoria do processo cautelar (Revista dos Tribunais, 1984), Mandado de segurança coletivo, mandado de injunção e habeas data (1991), Inovações no Código de Processo Civil (1995), Direito, poder, justiça e processo: Julgando os que nos julgam (1999), Esboço de uma teoria das nulidades aplicada às nulidades processuais (2002), Revistando o direito, o poder, a justiça e o processo. Reflexões de um jurista que trafega na contramão (2012) y Ensaios e artigos (2014 y 2016).

Seminario virtual: ¿Los jueces expresan la voluntad del pueblo?

Les invitamos a seguir la transmisión en vivo de este evento, como siempre, por el canal de YouTube de PRODEJUS. ¡Espero que sea de gran provecho!

Legitimación

Nuevas entregas del curso virtual “Postulación del proceso”, tratando sobre la legitimación (legitimidad para obrar). Espero que sea de su agrado.

Calificación de la demanda

Nueva entrega del curso virtual “Postulación del proceso”. ¡Espero que sea de su agrado!

Tecnología y proceso civil

Este jueves 14 de mayo a las 17h seré panelista en la ponencia que ofrecerá mi amigo el Prof. Dr. Antonio do Passo Cabral sobre tecnología y proceso civil. ¡Será una gran oportunidad para intercambiar algunas ideas! El evento es organizado por la Corte Superior de Justicia de Junín y será transmitido en el facebook de la CSJJ. ¡No se lo pierdan!

Capacidad procesal

Nuevas entregas del curso virtual “Postulación del proceso”, tratando esta vez sobre capacidad procesal.

¡Espero que sea de su agrado!

Curso virtual PUCP: razonamiento probatorio y justicia digital

¿Cuál es la relación entre razonamiento probatorio y la virtualización de la justicia? No solo es un tema de técnicas de litigio virtual en materia probatoria, sino, en realidad, aprender los conocimientos teóricos a fin de elaborar argumentos y estrategias que sean útiles para la práctica profesional.

Las vacantes ya están abiertas para este curso teórico-práctico ofrecido por la PUCP que dictaré conjuntamente a los profesores Enrique Sotomayor y César Higa.

Seminario internacional con Fredie Didier Jr.: procesos y decisiones estructurales

Este jueves 7 de mayo a las 4pm tendremos un seminario internacional online con el Prof. Fredie Didier Jr. Discutiremos sobre proceso y decisiones estructurales y será transmitido en vivo, tanto la ponencia como también la discusión entre los asistentes, por el canal de YouTube de PRODEJUS. ¡Todos/as invitados/as!

Litigantes virtuales: ¿Cómo afrontar la virtualización de la justicia?

Dentro de poco tendremos un evento muy entretenido a las 11h. Se tratará sobre cómo los litigantes pueden afrontar esta inminente virtualización de la justicia. ¡Tranmisión en vivo por el canal YouTube de PRODEJUS!