Martin Luther King y la lección no aprendida

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Martin Luther King

Columna publicada el martes 3 de septiembre en Consulta Previa.

Hace menos de una semana se conmemoraron los 50 años del discurso dado por Martin Luther King Jr. en el Palacio de la Justicia, Washington DC. Las redes sociales se inundaron con los links del video de aquel 28 de agosto de 1963, un auténtico hito en la historia contemporánea, mundialmente conocido como “I have a dream”.

Al prestar atención a este discurso es realmente difícil no quedarse sin aliento. Las metáforas son brillantes (y avasalladores, diría yo). Es conmovedor, tierno, vibrante. Más que voluntad de aplaudir o de llorar por la emoción, da fuerzas para creer que no es difícil que se pueda cambiar el mundo, que no es simplemente un sueño, sino una realidad cuya cristalización es posible, que está al alcance de la mano. Y más: que no había obstáculo, ni siquiera la putrefacta y racista sociedad estadounidense de aquel tiempo, que lo pudiera impedir.

A pesar de que en 1954 la Suprema Corte de los Estados Unidos abolió definitivamente la doctrina de “separados pero iguales” instaurada en 1892, transcurrían los años y la aplicación de ella aún continuaba. El clamor por igualdad, por las bóvedas de oportunidades que el banco de la justicia poseía –para usar una metáfora empleada por King en su célebre discurso– era más intenso que nunca. Pero las protestas tuvieron eco: en 1964 fue promulgada la Civil Rights Act, en lo que fue el verdadero comienzo del fin de la segregación racial. El sueño de King de que sus hijos no sean juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter comenzaba a materializarse, aunque él sabía que no iba a ser de la noche a la mañana.

Todo ello lleva a pensar algo inevitable ¿es que acaso Martin Luther King no le dio una lección al mundo?

Pocos días antes de la celebración de la media centuria de “I have dream”, diversos aeropuertos brasileños vieron llegar de Cuba los primeros médicos y profesionales de la salud producto de un convenio entre Brasil y el país caribeño. Llegaron apenas sabiendo cómo decir “hola” o “gracias” en portugués, con risueñas sonrisas y banderas brasileñas colocadas encima de sus voluminosas maletas repletas de metas, sueños e ilusiones. Algunos probablemente jamás habían salido de su país antes, a pesar de tener maestrías y doctorados en medicina. Se embarcaron en una fascinante aventura a un país distinto, con gente distinta, un país donde, a pesar de todo, se respira libertad y democracia. “Brasil, qué lindo suena”, habrán comentado algunos.

Entre esos médicos, naturalmente, había muchos afrocubanos. De sus dientes blanquísimos emanaba una sonrisa genuina, pero esta se comenzó a apagar cuando, entre la multitud que estaba en el Aeropuerto de Recife (capital de Pernambuco, al noroeste del país), otras personas vestidas de blanco como ellos gritaban, señalándolos: “¡Esclavos, esclavos!”. Eran médicos brasileños. Estaban furiosos. No querían a sus pares cubanos en su país. Querían que den media vuelta y se marchen a su isla.

Pero, ¿cómo es que individuos de un pueblo tan acogedor como el brasileño pudo reaccionar de esa manera? ¿Cómo es que un país con 200 millones de personas, de las cuales el 51 % está conformado por populación negra, tuvo manifestaciones de discriminación y xenofobia contra otros afrocubanos? En su defensa, dijeron hacían alusión a la esclavitud debido al régimen de donde provenían y porque serían mano de obra barata en Brasil: de hecho, los médicos cubanos ganarían la mitad del sueldo de sus otros colegas extranjeros porque la otra mitad se la quedaba el gobierno cubano. Aun así, para muchos resulta incomprensible la actitud de los galenos brasileños. ¿Qué fue lo que sucedió?

Existen localidades pobres y remotas en el interior de varios Estados de Brasil que requieren, con urgencia, profesionales de la salud para atender la enorme demanda de salud. La falta de personal no es porque no existan médicos suficientes en ese país, sino debido a que muchos de ellos se niegan a ir esos pueblos por la espeluznante precariedad de las condiciones de infraestructura, porque no se ofrece un salario aceptable o simplemente porque no quieren. Eso llevó a que el gobierno de Dilma Rousseff cubra esos puestos con médicos extranjeros (no sólo cubanos), con profesionales que sí irían donde los pacientes están. El programa se llama “Mais médicos”.

No obstante, el gobierno parece haberlo hecho irregularmente: no se cumplió con la revalidación del título profesional, examen de conocimientos ni idioma, tal como lo disponen las leyes brasileñas. Además, se acusó de ser una sucia maniobra electorera, dado que Dilma intentará reelegirse el próximo año. Todo esto fue lo que llevó a los médicos brasileños a protestar enérgicamente protesta contra la llegada de sus pares cubanos, además de sendas demandas de inconstitucionalidad contra dicho programa.

Es verdad, el gobierno actuó apresuradamente, inclusive violando la ley. No obstante, ¿qué culpa tienen aquellos médicos por este descontento de sus colegas brasileños? Peor aún: ¿qué tiene que ver su raza o, en todo caso, el hecho que vivan presos en Cuba? ¿Son el racismo, la xenofobia y la discriminación medios válidos para mostrar su rechazo a la política gubernamental? Miles de brasileños, inclusive profesionales de la salud, invadieron las redes sociales para expresar su más enérgico rechazo. “Abucheo de médicos brasileños a cubanos avergüenza a Brasil”, decía algún titular.

Días después de ese triste episodio en Recife (a los que le siguieron otros), el mundo recordó el maravilloso discurso de Martin Luther King Jr., quien enseñó al mundo, mediante su lucha pacífica y también de millones de personas, que el racismo y la desigualdad eran un verdadero cáncer en la humanidad, pero uno curable. No obstante, los progresos que ciertamente se lograron a partir de allí, de pronto, significan poco o nada cuando nos topamos con este tipo de conductas tan despreciables. Quizá el cáncer del racismo hizo metástasis y ya nos mató. Y nadie se ha dado cuenta.

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2 comentarios en “Martin Luther King y la lección no aprendida

  1. Ramón Mujica

    Las normas brasileñas en la certificación de las carreras profesionales es más exigente que en nuestro medio, y ciertamente las escuelas profesionales acreditadas son las únicas que dan validez a las certificaciones y títulos, y recuerdo que es tedioso el procedimiento para lograr que se reconozca un título de médico de una escuela que no está acreditada por el Estado Federal brasileño, los trámites que se hacen son pesados, no obstante nada justifica una reacción desmesurada, por quienes son un ejemplo en la comunidad. El discurso de MLK en su momento paralizo al gobierno, y al emitir después la civil rigth act, generó la paradoja de entender que no tenía real contenido el preámbulo de su Constitución y la manifestación de sus fundadores. MLK uso la bilia y el ejemplo de Gandhi para su lucha, tuve el privilegio de leer el manuscrito de aquel famoso speech en Atlanta en el Museo de Historia. Respecto a Brasil, no deja de sorprender esta reacción pequeña, porque en realidad son un país mejor integrado por la forma cómo fue el proceso de desarrollo.

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