“Todo tiene su final…

Estándar

…nada dura para siempre”, proclamaba un salsero inolvidable. Y esto es dramáticamente cierto, sea para bien o para mal. Así como nohay mal que dure cien años, no hay dictaduras eternas, ni tampoco es perenne la situación a la que ha caído nuestro Tribunal Constitucional hace varios años. Sin embargo, esto podría comenzar a cambiar por una razón muy puntual: el periodo de Carlos Mesía Ramírez ya terminó y, por tanto, el Congreso debe encontrarle reemplazo.

Carlos Mesía ha sido protagonista de sentencias muy discutibles que el TC viene dando desde hace mucho -las cuales no escapan a un tufillo de corrupción- como cuando a través de un amparo le “ordenó” al gobierno central que restituya un arancel que había sido eliminado, o en el caso de la PUCP, donde por increíble que parezca, el TC tuvo frases sarcásticas contra la Universidad, como si hubiera hecho un copy-paste de un informe de parte. Y ello sin contar el profundo desconocimiento de diversas materias del Derecho, como es el caso de la Teoría General del Proceso y de sentencias claramente repudiables como la del caso Chacón, la píldora del día siguiente y casi todas que trataron sobre el arbitraje.

Pero seguro se me replicará: ¿en qué radica la diferencia entre él y los otros jueces que también firmaron las mismas resoluciones? En este punto concreto, en nada: todos erraron por igual y cargan con la misma responsabilidad. Sin embargo, lo nocivo de Mesía no solo va por su desempeño como juez sino en su propia persona, en su insaciable sed de poder que lo ha llevado a afirmar que es el TC quien establece las políticas económicas, de salud, social (La Ley. Periódico mensual de Gaceta Jurídica, N° 30), lo cual es peligrosísimo viniendo de la cabeza de un Colegiado con tanto poder (y que se ha irrogado mucho más aún). Y ni qué decir del absoluto dominio y control que ha forjado entre sus pares. Ciertamente, el TC se mueve según los caprichos de este personaje.

Pero hay más: Su arrogancia  sencillamente no le ha permitido reflexionar sobre el control, límites, competencias y atribuciones que deben existir en un Estado Constitucional de Derecho. Su sensación de superioridad por el cargo que desempeña lo ha llevado a creer que el ordenamiento jurídico y todos sus componentes y elementos integrantes están bajo sus tobillos. Y por si fuera poco, si de lo que se trata es que el TC esté integrado por juristas a carta cabal, que hayan tenido un recorrido importante en el mundo del Derecho (como el injustamente baloteado Prof. Carlos Ramos Núñez), Carlos Mesía no sería más que un simple infiltrado, como muchos otros que también están allí, sentados en un trono de marfil impartiendo justicia para nuestra desgracia.

Pero felizmente esto ya se acabó, y el Congreso debe darse prisa, hacer las movidas y canjes políticos que sean necesarios (porque por desgracia las permutas entre los altos cargos cuya designación recae en el Pleno es una realidad), seleccionar a quienes sean un aporte para el alicaído TC y expectorar a los malos elementos que hace tiempo ya vienen pidiendo a gritos que los acusen constitucionalmente. Y pienso que con la salida de Mesía el TC puede mejorar porque, sinceramente, no imagino a nadie peor que él.

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