Reformar la Corte Suprema: una cuestión de personas

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John Marshall, chief justice de la Supreme Court de los EE.UU., y  uno de los personajes más famosos en la historia política de los últimos siglos.

John Marshall, chief justice de la Supreme Court de los EE.UU., y uno de los personajes más famosos en la historia política de los últimos siglos.

Existen libros y artículos escritos sobre muchos justices de la Supreme Court de los Estados Unidos. Hasta hoy se siguen citando grandes sentencias que marcaron una época. Son incontables los ensayos que buscan desentrañar las tendencias y evolución de la jurisprudencia y los criterios que llevan a los justices a decidir lo que deciden o, también, a decidir lo que no deciden. Se habla de Kennedy, Scalia o Sotomayor así como se habla de Obama o un senador famoso. Son nombres que pasaron a la historia.

En ese contexto, más allá del discutido judicial law making, se percibe con nitidez que la norma jurídica puede ser obtenida del texto o de los elementos no textuales del ordenamiento jurídico, y que en ese proceso mental llamado interpretación necesariamente influye la ideología, cultura, valores del intérprete. La Supreme Court se considera a sí misma y es considerada un gran actor político del sistema. Y realmente actúa como tal.

Vuelvo mi mirada al contexto peruano y, ¿qué encontramos?

De un lado, un tribunal joven que con altas y bajas, con períodos de orgullo por la honradez de sus miembros tras la ignominia sufrida por la dictadura; pasando por opiniones encontradas debido a un creciente “academicismo” y un peligroso activismo; experimentando hasta la vergüenza por supuestos actos de corrupción; llegando a un período de grandes cambios y nuevos desafíos, con una composición en donde se ve que muchos quieren hacer las cosas bien, con nuevas ideas.

De otro lado, un tribunal antiguo, que, salvo contadas excepciones, nunca trascendió por grandes decisiones -sí lo hizo, en cambio, por injusticias sin nombre, como despojar del derecho al hábeas corpus a un presidente depuesto inconstitucionalmente, o favorecer a una transnacional responsable de un derrame de mercurio-; por instaurar una práctica judicial de anular procesos enteros por defectos formales minúsculos; cuyos miembros, hoy, no son conocidos por la opinión pública por cómo resuelven sino por sus escándalos de corrupción o por sus declaraciones controvertidas; por pésimas e incomprensibles fundamentaciones, entre otras.

Para bien o para mal, el Tribunal Constitucional peruano se ha constituído, en los últimos años, en un activo protagonista de la política nacional. Ha sido muchas veces una auténtica piedra en el zapato para el Ejecutivo, le ha enmendado la plana a nuestro Congreso y, por qué no, muchas veces se consagró como un salvador contra injusticias cometidas por el Poder Judicial. Ha decidido sobre políticas públicas, ha sido determinante en el orden económico del país (basta ver los casos laborales o pensionarios), ha sido bastante protector de las libertades y garantías fundamentales. Todo ello -aclaro- con criterios que no dejan de ser discutibles, tanto a nivel de opinión pública como en la academia.

La pregunta, por tanto, cae por sí sola: ¿por qué la Corte Suprema de Justicia no desempeña un rol de esa magnitud? Todos saben que hay que cambiar algo, pero muchas veces no se sabe realmente por dónde comenzar. Es más: ni siquiera buena parte de los jueces supremos lo saben. Las causas de la postración de la Suprema como corte de vértice son demasiadas: inadecuada regulación en los códigos, falta de preparación, corrupción, mentalidad retrógrada, falta de voluntad política, falta de dinero, mal trabajo con los plenos casatorios, entre tantas otras.

Sin embargo, pienso que si la Supreme Court y el Tribunal Constitucional peruano -cada uno en su respectiva dimensión- son capaces de desempeñar un papel más relevante que nuestra Corte Suprema, es, principalmente, por las personas que están allí y -aquí lo principal- por la forma cómo son elegidas y llevadas al tribunal.* Son las personas las que hacen a las instituciones, y no al revés.

La reforma de la Corte Suprema peruana pasa, primero que nada, por colocar gran parte de nuestros esfuerzos intelectuales en criticar y fiscalizar la elección de nuestros futuros jueces supremos y la ratificación de los que ya están allí (figura que, por cierto, debería ser seriamente repensada). Pero para ello es necesario definir cuál debería ser la función de la Corte.

Y aquí es donde estudiar cómo se comportan otros tribunales de vértice como la Supreme Court estadounidense es un factor que se revela de una riqueza de grandes proporciones.

No se trata de imitar ni de importar acríticamente. En un contexto en donde las interferencias horizontales son un elemento decisivo al momento de emprender reformas, y, además, donde remitirse a argumentos y decisiones de otros tribunales es moneda corriente, todo lo que podamos aprender (críticamente) del tribunal con mayor prestigio en el mundo debe ser bienvenido. Esto cobra gran importancia por la reciente decisión dada en Obergefell v Hodges, sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero todo ello debe ser aprehendido sin ignorar, por ejemplo, que la Supreme Court no es un tribunal cuya principal preocupación resida en dar justicia al caso concreto, sino en dar unidad al derecho y unificar la interpretación mediante precedentes; es decir, ofrecer seguridad jurídica, igualdad ante la ley y su interpretación dada por los tribunales y la libertad en una dimensión general.

Definir la función que debería desempeñar la Corte Suprema peruana es esencial; de lo contrario, sería continuar una travesía sin brújula a través de la niebla, sabiendo que se va por mal camino solo después de encallar en arrecifes, como, en gran medida, ha sido su comportamiento en las últimas décadas.

Y todo esto redunda, a fin de cuentas, en la desconfianza del ciudadano y un descompromiso con la tutela de sus derechos; en una palabra, una traición a los ideales que plantea el Estado constitucional al que aspiramos.

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Hace algunos meses escribí un texto con algunas reflexiones y propuestas a propósito (click aquí).

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