Feliz día del… ¿licenciado en derecho?

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2 de abril. Día del abogado.

Ya he recibido algunos saludos por este día, los cuales agradecí profusamente, por supuesto. Pero últimamente me he puesto a pensar qué tan abogado soy si es que no tengo como actividad principal el ejercicio de mi profesión. O sea, dado que doy clases, entonces soy profesor; dado que investigo, entonces soy un investigador.

Ambas ocupaciones pueden ser realizadas con prescindencia de “ser abogado”. Inclusive uno puede ser profesor en una facultad de derecho sin “ser abogado”: piénsese en un filósofo o un sociólogo con una buena formación jurídica.

Sea como fuere, cuando me preguntan, tiendo a responder que soy profesor o investigador, y no abogado. Me sale casi natural.

Mi confusión aumenta cuando se suele decir que “el abogado patrocina causas justas” o que “el abogado debe luchar por la justicia”. Respecto del primero, estamos hablando claramente de un “abogado litigante”; respecto del segundo, ya no se sabe bien, aunque si es que hablamos de “justicia”, talvez nos refiramos al “sistema de justicia”.

Y ni qué decir cuando se dice que “el abogado estudia leyes” o se asocia la figura del abogado con una firma. Sobre lo primero, pues no solo un abogado “estudia leyes” (talvez sí la “carrera de derecho”); y sobre lo segundo, no parece que todos los abogados trabajen en una firma o que siquiera tengan alguna.

Parto de la premisa que ser abogado no se limita, por supuesto, a tener un cartón: eso es ser un licenciado en derecho. Eso sí que soy, por supuesto, así como mis amigos jueces, fiscales o procuradores. Empero, tiendo a pensar, por ejemplo, que un juez no es abogado, ¡precisamente por ser juez! Lo mismo ocurriría con un fiscal, un magistrado del TC, un asesor jurisdiccional, un especialista legal o un archivero. Parece que una cosa no calza con la otra.

Esto porque equiparar un “licenciado en derecho” con un “abogado”, así, a secas, me parece, cuando menos, bastante triste, dejando sin contenido lo que pudiere significar lo segundo. Pero, si queremos esforzarnos por hacer algunas distinciones, una cosa sería “ser abogado” y otra muy diferente “tener el título profesional de abogado”. Aquí, pues, sí existiría una perfecta equiparación, pero no deja de existir algún sinsabor: ¿será que “ser abogado” significa ser algo más que esto?

Más allá de los rótulos y la complicada desambiguación del sintagma “abogado”, me parece que la clave estaría precisamente en el ejercicio de la profesión. No hablo aquí de los colegios de abogados, que, a mi juicio, no representan más que una entidad burocrática y monopólica que provee autorización para firmar papeles. “Ser abogado”, cuando menos, sería emplear los conocimientos jurídicos adquiridos a lo largo de una serie de estudios para realizar actividades de patrocinio de intereses.

Este patrocinio parte de ser licenciado en derecho, pues esto acredita que uno ha estudiado y superado una serie de exámenes. No hablo aquí solo de litigio, por supuesto, pues, como sabemos, hay abogados de muchísimas especialidades: inmobiliario, financiero, hidrocarburos, etc. Siendo ello así, un abogado, pues, por definición, tiene clientes y a ellos les ofrece un servicio.

Y esto no es algo extraño: en varios países “ser abogado” tiene connotaciones bastante específicas. Por ejemplo, en Brasil, “advogar” significa, rigurosamente, tener registro en la Orden de Abogados de Brasil y, con ello, poder patrocinar causas en procesos judiciales. Y esto no se confunde con ser un “formado em direito“.

De hecho, los famosos “mandamientos del abogado” de Couture están pensados rigurosamente para aquel licenciado que litiga antes los tribunales de justicia estatales.

Ahora bien, si lo vemos desde una perspectiva acaso más romántica, este patrocinio de intereses (no circunscrito al litigio), puede ejercerse con pasión y dedicación a fin de prestar un servicio de excelencia. Y, por supuesto, se busca ganar dinero, prestigio y reconocimiento por eso. Para mí, esto tiene pleno sentido con la idea de “ser abogado”. Por cierto, ya me he desempeñado en esto y lo encuentro fascinante.

No obstante, sin perjuicio de todo lo dicho, en un artículo publicado en este mismo espacio hace cinco años, antes de obtener la licenciatura en derecho, concluí que “ser abogado” lo lleva cada uno en el corazón.

Me reafirmo en la idea: cada uno tiene su forma de sentirse “abogado”, aunque, lo confieso, tengo dudas en si me siento como uno.

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