La ley universitaria y la calidad de la educación: una respuesta a Alfredo Bullard

Estándar

Mala calidad en educación

Amigos, comparto con ustedes el artículo llamado “Leyes viciosas” de Alfredo Bullard, publicado hoy en “El Comercio”. Algunas apreciaciones a vuelo de pájaro:

(a) Bullard piensa de que la ley universitaria no garantizará ningún tipo de calidad por la simple razón de que esta no es objetiva sino subjetiva y, por tanto, dado que cada quien espera cosas diferentes, la solución no es otra que diversificar y promover la competencia. En otras palabras, si es que no entendí mal, él piensa que la calidad se mide por el grado de aceptación que las personas tienen frente al servicio ofrecido. O sea, no es posible afirmar, objetivamente, si una facultad de Derecho sin biblioteca cumple o no con un estándar de calidad mínima; puesto que, si es que tiene consumidores que compran el servicio… entonces la calidad es incuestionable. ¿En serio? Sí, porque la calidad es subjetiva; no es mensurable objetivamente.

(b) Bullard propone como gran novedad una realidad que padecemos hace mucho tiempo: la existencia de facultades que forman profesionales que no poseen un nivel mínimo para actuar en la sociedad; facultades que cambian dinero por cartones; que no tienen la más mínima preocupación por educar; que dan mala información y estafan, y, cuando no lo hacen, perjudican seriamente a las instituciones sociales (servicio de justicia, ámbito empresarial, etc.). ¿Y el Estado? Allí, bien gracias: él debe estar de brazos cruzados. Pero Bullard omitió explicar cómo es que la libre competencia, solución non plus ultra para los males de la educación peruana, ha generado abogados que él ciertamente no contrataría como jefes de práctica ni como practicantes en su Estudio. Es muy fácil sustentar opiniones en dogmas; lo difícil es aterrizar y comprobar si funcionan o no en nuestra realidad.

(c) Bullard incurre en la falacia lógica de pensar que el legislador, por el solo hecho de serlo, considera como calidad apenas lo que él quiere y no lo que los ciudadanos queremos. ¿Acaso no hay una porción significativa de la población que está de acuerdo con que exista un mínino de profesores a tiempo completo o que un porcentaje de los recursos se destinen a la investigación? Claro, hay otros -como él- que tienen un entendimiento diverso de lo que sería calidad. Pregunto: ¿tenemos que satisfacer a todos? ¿Es que acaso es imposible proponer, de forma razonable, cuáles deben ser las condiciones mínimas para que un centro universitario pueda operar? Podemos discutir en los requisitos, pero es posible llegar a un consenso. Pero no: Bullard quiere que cada universidad se auto-imponga esas condiciones. Todo bien con la PUCP, la Cayetano o la UNI, que tienen un prestigio que cuidar. Pero eso no necesariamente va a funcionar con otras.

(d) Bullard dice que comete un error quien piensa que exigir dos idiomas para el doctorado no contribuye en nada a la calidad. Además de la soberbia que ya le es conocida de entender que quienes no piensan como él están equivocados, creo que no está muy enterado de lo que ocurre a la vuelta de la esquina. Un pequeño ejemplo: Brasil nos lleva años de ventaja en materia educativa (eso, creo, es una obviedad) y, al menos en Derecho, TODOS los doctorados exigen proficiencia en dos lenguas extranjeras (inglés, francés, italiano o alemán – el español no cuenta). Ese es un filtro muy importante para los candidatos; por ello es la primera prueba del exigente proceso selectivo que suele haber. Por cierto, ese requsito es adoptado por la Universidade de São Paulo (USP), la número uno de América Latina. ¿Será casualidad que ello sea así?

(e) Asimismo -y de nuevo pensando en la rama jurídica- si el doctorado es la cúspide de la carrera académica (no profesional, ojo) de un formado en Derecho y, para ello, debe demostrar que es capaz de realizar una investigación original, metodológicamente rigurosa y que contribuya con la doctrina nacional, ¿acaso está mal garantizar, mediante el dominio de al menos dos lenguas, que pueda tener acceso a literatura ajena al español? ¿Qué acaso no se trata de un requisito objetivo que razonablemente aseguraría algo positivo para la tesis? Pienso que el dominio de varias lenguas en una investigación del nivel de una tesis de doctorado es plenamente adecuado: hay razones válidas y plausibles que así lo demuestran.

(f) En la línea de lo anterior, dice él: “Las personas estudiarán idiomas fáciles (como el portugués) antes que idiomas académicamente útiles. Ese tipo de exigencias realmente no ayudan a nadie”. Desconozco si don Alfredo Bullard es fluente en portugués al punto de calificarlo de “idioma fácil”, pero puedo dar fe de lo siguiente: dominar su escritura es difícil hasta para el propio nativo; conseguir reproducir su riqueza fonética (sobre todo el sonido nasal) no cuesta poca práctica; y, debido a esa misma riqueza, comprenderlo en la velocidad media de un brasileño no resulta tarea fácil para cualquier oído latino-americano.

(g) Asimismo, Bullard parece sugerir que el portugués no sería un idioma académicamente útil. Con el debido respeto, de dos una:  o es ignorancia en su máxima expresión (y por ello de una insolencia insoportable) o tiene el deliberado propósito de equivocarse. Y no sólo eso: de un sólo porrazo minimizó a todos aquellos profesionales (ingenieros, químicos, odontólogos, abogados, etc.) que fueron a perfeccionarse a Brasil o tienen la ilusión de hacerlo.

(h) Bullard ataca ahora la exigencia de que un profesor universitario deba ser magíster. Vamos por partes: ¿Hay magísteres mediocres? Sí. ¿Hay no-magísteres que son buenos? Sí. No obstante, siendo que la ley parte de la premisa que es importante la investigación en las universidad ¿es razonable exigir que quien educa haya pasado por una experiencia académica en donde tuvo que investigar? En mi opinión, la respuesta se cae de madura. Por ello, en vez de correr el riesgo de que alguien sin maestría pueda enseñar, mejor subimos el nivel, exigimos que quien quiera enseñar primero haga su maestría (lo cual, hoy por hoy, está al alcance de la mano) y evitamos promover el conformismo… salvo que pensemos que hacer una maestría, grosso modo, no sirve para nada.

(i) Finalmente, Bullard incurre en una nueva falacia argumentativa: descalificar los esfuerzos del Congreso por generar una mayor calidad en las universidades sugeriendo que ellos deberían pasar por un examen de español. Que hay congresistas que no conocen bien nuestro idioma es indiscutible, pero esa premisa no lleva a la conclusión de que la ley votada por ellos, por el hecho de exigir dos idiomas para un doctorado o que quien enseñe sea un magíster, esté mal. Adviértase: se trata de una estrategia para dislocar la discusión a otro lado.