La redención del Poder Judicial peruano

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Luis XIV

Luis XIV

En 1667, Luis XIV emitió la Ordonnance Civile (el llamado “Code Louis”) donde prohibió a los Parlamentos –Poder Judicial francés del Ancien Régime y funcionarios reales– interpretar la ley y dispuso castigar con la nulidad cualquier tipo de desviación formal. Varios siglos después, en 2004, Hugo Chávez dispuso aumentar el número de jueces del Tribunal Supremo venezolano, pasando a tener de 20 a 32 miembros, logrando una mayoría oficialista. Hace algunos días, Ollanta Humala, en el marco de un proceso competencial, le pidió al Tribunal Constitucional que suspenda dos resoluciones en ejecución de una sentencia que ordenaban entregar dinero para el sueldo de los jueces, y lo hizo a pesar que la Constitución le obliga expresamente a cumplir con las decisiones judiciales.

Salvadas las diferencias entre los años y tipos de regímenes, ¿en qué se parecen estos tres hechos? Muy simple: en un perenne intento del Ejecutivo de controlar al Judicial. Además de tener un intenso trasfondo histórico, esta confrontación siempre implicó, en realidad, un perverso y abyecto propósito de concentración del poder político y de dejar a los gobernados sin posibilidad de oposición y lucha.

Ello ha sido y sigue siendo así porque un Judicial independiente y eficiente, además de ofrecer la máxima protección a los ciudadanos, resulta ser el mayor estorbo para cualquier gobierno que pretenda imponer su voluntad. De ahí que éste anhele un Judicial manso, débil, mermado, indolente ante los abusos contra la población. Y una forma clásica de hacerlo no sólo es pulverizándolo de una forma tan vulgar como lo hizo Fujimori en 1992, sino también impidiendo su correcto desempeño utilizando un arma poderosísima: el presupuesto. Hoy en día es claro que el control económico llega a ser más eficiente que el político; inclusive lo condiciona.

Dicen que la pita se rompe por el lado más débil, y el Judicial peruano siempre lo ha sido. No obstante, esta es una oportunidad para cambiar la historia; llegó el momento que el Poder Judicial peruano libre una cruenta batalla por su redención. Y es que el sueldo que los jueces merecen como los funcionarios públicos más importantes del país también concierne a todos, porque si nuestro Judicial no es independiente ni funciona bien, la esperanza de construir un país mejor no tiene cómo surgir.

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Hablemos (críticamente) sobre la carga de la prueba

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He tenido la suerte de traducir decenas de artículos de notables juristas brasileños (entre ellos varios de mi maestro, Daniel Mitidiero) con el solo propósito de que mis coterráneos conozcan un poco más de la doctrina brasileña que tanto tiene para ofrecerle a la peruana. No obstante, una traducción recientemente publicada tiene un matiz muy especial, por el simple hecho que el autor traducido es uno de los amigos más cercanos que he forjado en mi estadía en tierras brasileñas. Se trata de Vitor De Paula Ramos, entrañable compañero de música y otras artes, de quien no espero menos que, con el tiempo, se torne en el especialista sobre prueba número 1 en todo Brasil.

Hace poco Vitor escribió un formidable ensayo sobre el núcleo duro del derecho fundamental a la prueba, con una claridad, sistematicidad y contundencia argumentativa asombrosa, además de una bibliografía envidiable, a la que no muchos han tenido acceso. Este es el artículo que traduje, de futura aparición en el número 65 de Gaceta Constitucional y que, con la gentileza que le es propia, me permitió divulgarlo en mi blog. Pero lo que más debe captar la atención del lector es el bellísimo análisis crítico que Vitor realiza sobre la doctrina tradicional de la carga de la prueba y la propuesta que le sigue (por mi parte, estoy totalmente de acuerdo con él).

Y es que aquellos textos que son capaces de dinamitar los conocimientos que damos por ciertos son los que calan más hondo en nuestra constante formación de procesalistas. Y uno de esos textos está al alcance, ahora, de los estudiosos peruanos.

A bênção, querido Vitor,
que já viajaste tantas canções comigo
E ainda há tantas por viajar.
Saravá!