Del juez de Montesquieu al juez de “Vargas Prada”: un diálogo amistoso con Julio Solís Gózar

Estándar

Julio Solís Gózar, un joven y destacado civilista peruano, publicó un pequeño pero no menos interesante artículo que, desde mi perspectiva de procesalista, me suscitó algunas incertidumbres. Con el exclusivo ánimo de intercambiar ideas e iniciar un diálogo productivo, he aquí ellas:

1. Referirse al juez como “boca que pronuncia las palabras de la ley” tenía mucho sentido en la percepción del liberalismo del siglo XVIII, en el que Montesquieu escribió su obra. No obstante, ello no tiene ningún asidero en nuestra época. No sólo la doctrina especializada ha desechado esa idea, sino también la realidad en los tribunales ya lo hecho hace décadas (aunque, es cierto, fenómenos como el neoconstitucionalismo han llevado a un preocupante extremo este desapego entre juez y ley).

2. Dice Julio: “una hipotética sentencia óptima seria improductiva y no contribuiría al Derecho; ya que tendríamos que aceptarla como insuperable y adherirnos a todos sus fundamentos, como si fueran verdades absolutas, limitando nuestro entendimiento y simulando como nuestro el pensamiento ajeno“. Sin embargo, parecería que aquí dos cosas muy diferentes son confundidas: i) la noción que se da de “sentencia óptima” (aunque se trate de un término poco técnico) como “sentencia perfecta” o que, por ejemplo, consagrase una respuesta única, y ii) la existencia de un precedente judicial que, por serlo, generaría obligatoriedad. El discurso a nivel procesal, por tanto, queda empeñado por esta imprecisión.

3. Pienso que la principal función del juez es aplicar el derecho al caso concreto, por eso es que debe trabajar con las herramientas que el ordenamiento jurídico le otorga. Por otro lado, debe ser distinguidos los fundamentos de los argumentos. Los primeros son aquellas afirmaciones de las partes dirigidas a incidir sobre la situación jurídica que forma parte del mérito del proceso. Los segundos son aquellas afirmaciones retóricas destinadas a reforzar su posición (por ejemplo, citar una doctrina). El juez solamente está obligado a pronunciarse sobre los fundamentos y no sobre los argumentos. Todo aquello que esté fuera de los fundamentos es innecesario, porque se trata de una sentencia judicial, no de un cuento de ficción o un artículo periodístico.

Ello no quiere decir, de ningún modo, que el juez deje de lado el uso de otras disciplinas. En efecto, ¿puede el juez realizar una liquidación sin saber matemáticas? ¿Puede dejar de lado sus conocimientos empíricos al usar las máximas de experiencia? Claro que no; sin embargo, todo ello debe ser coherentemente orientado a fin de llegar a una decisión de acuerdo a Derecho (y esa coherencia, en mi opinión, brilla por su ausencia en la sentencia de Urbina). El juez, por ejemplo, no puede fallar apenas en base a la historia. Una cosa muy distinta es que emplee la técnica de la interpretación histórica, pero allí siempre estamos en el campo de lo jurídico. Tampoco lo puede hacer a partir de convicciones filosóficas ni iusfilosóficas. El juez no puede darle la razón a una parte resolviendo apenas según la noción de justicia de la cual él sea partidario.

Por ello, pienso que quedó un poco en el aire la siguiente afirmación de Julio: “Lo cierto es que el Derecho deba realizarse no sólo de forma interdisciplinaria sino también multidisciplinaria“. Además de una incertidumbre sobre la diferencia entre ambos términos teniendo en cuenta el contexto en que son empleado, Julio no dice cómo es que un juez debe desempeñar esa “multidisciplinariedad”. Me parece que se trata de una frase que dice todo… pero a la vez dice nada.

4. Pero lo que más perplejidad me causó fue lo siguiente: parece fuera de dudas que, en el entendimiento de Julio, esta “multidisciplinariedad” con que debe realizarse el Derecho debe ser desempeñada por el juez. De ahí que nuestro autor critica a los que, a su vez, deploran a Malzón Urbina por el hecho de citar personajes de la literatura y filosofía. Él observa que esas críticas se fundarían en una visión del Derecho que se limita a apenas a la ley. Por tanto, la lógica argumentativa impone concluir que para el juez no todo es la ley. No obstante, ¿cómo es que todo ello puede compatibilizarse con su idea inicial, es decir, que el juez “es la boca que pronuncia las palabras de la ley”?

Confieso que lo pensé mucho pero, al final, tuve que asumir que Julio comenzó afirmando categóricamente una idea y, pocos párrafos después, la negó con la misma categoría, criticándose a sí mismo.

Anuncios

Nulidades y forma en el proceso civil a través de la historia

Estándar

A continuación un artículo de lo que vino a ser el capítulo II de mi tesis de pregrado (titulada “Por un nuevo régimen de la nulidad procesal para el proceso civil peruano“, orientado por la profesora Eugenia Ariano), en donde, a través de un análisis de derecho histórico-comparativo, busco trazar la línea evolutiva del modelo de régimen de nulidades procesales que adoptó el Código Procesal Civil peruano. Dicho sea de paso, al contrario de todo lo que se ha escrito en el Perú sobre el tema (acríticamente, por cierto), las reglas que componen dicho título distan muchísimo de poseer la coherencia necesaria que requiere un régimen de nulidades procesales. Precisamente a ello se dirigió mi tesis: a proponer uno nuevo.

Dejo constancia que la versión definitiva cuenta con una mejora sustancial en cuanto a la bibliografía y algunas pequeñas alteraciones.