Y en estas elecciones, ¿quién es el verdadero lobo?

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Que Keiko Fujimori hable de derechos humanos y democracia es como si el lobo diera una clase de moralidad.

Es tal el contrasentido y la falacia intrínseca entre ambas figuras (es decir, entre fujimorismo y los valores más caros de un Estado Constitucional de Derecho) que resulta inimaginable que se produzca una sucesión en la dinastía apelando a factores que en la década infausta del 90 se lograron exitosamente aniquilar.

Tras la huída de Fujimori al Japón  y su posterior renuncia a la presidencia de la forma más cobarde e inmoral que puede existir, se habló de un triunfo de la democracia. Cuando Valentín Paniagua asumió la presidencia y armó un gabinete con personas intachables, todos aclamábamos que el Perú, ahora sí, había dejado atrás a la dictadura y a los afanes de perpetración en el poder. A Toledo y García se les puede criticar millones de cosas, algunas de ellas inaceptables para un jefe de Estado, pero han tenido la suficiente conciencia democrática para dejar el poder tal como manda la Constitución. ¿Alguien puede explicar, entonces, el absurdo que ha significado dejar todo atrás y darle al fujimorismo una nueva oportunidad? Al parecer, para una buena cantidad de compatriotas (de los que me avergüenzo, y no me da vergüenza en decirlo), la década del 2000 no fue buena para el país y entonces traigamos a la hija del dictador, ni más ni menos.

El fujimorismo es sinónimo cabal de corrupción, de violación de derechos humanos, de compra de conciencias, de autoritarismo, de golpe de Estado, de repudio al orden constitucional. Pero esto no es suficiente, muchos de nosotros permitirá que esto vuelva, que se aloje entre nosotros. Muchos dicen que Keiko no es su papi, que ella no sabía nada, que se enteró de la compra de medios después. Pero esto es ingenuidad elevada a la máxima potencia. Keiko fue primera dama, estuvo metida en asuntos del Gobierno, supo de las movidas de Fujimori y Montesinos, lo avaló todo. Pero ahora, su actitud de meterse las manos a los bolsillo, mirar de costado, hacerse la cojuda y decir “Yo no soy como él”, francamente constituye una mofa al rezago de inteligencia que le queda al pueblo peruano, inteligencia para elegir bien a sus gobernantes.

Un buen amigo mío me dijo, a través del facebook, que los peruanos tenemos el presidente que nos merecemos, pero ¿cuándo tendremos el que necesitamos? La reflexión es profunda y no pude hacer otra cosa que suscribir su opinión. Sin embargo, pensándolo mejor, los peruanos nos merecemos todo, salvo una cosa: tener la bajeza de permitir, mediante el camino democrático, que vuelva el gobierno más nefasto de la historia del Perú, ese que se encargó de pulverizar la moral de los peruanos. Si es que en algo ha cambiado nuestra conciencia cívica, aunque sea una pizca, este cambio no puede consistir en otra cosa que repudiar terminantemente dictaduras y tiranías del pasado. Sopesemos pues: ¿riesgo de cambiar este modelo económico (que está lejos de generar plena satisfacción, por cierto) o vuelta al pasado, al infierno, a ese cuya finalización celebramos y ahora queremos que vuelva para evitar un “mal mayor”? ¿Es que acaso puede haber algo peor a eso? Pero bueno, hay mucha gente que ya sopesó, que ya puso las opciones en la balanza, que ya vio con cuál se va a perjudicar menos, y, por tanto, a cuál está apoyando. Uno de ellos, para llevar el contrasentido a sus niveles más alucinantes, es un poderoso grupo empresarial que tiene un diario que dice ser independiente y veraz pero que no ha tenido reparos en alinearse con descaro a un régimen contra el cual se siente orgulloso de haber combatido. Estos ya han mostrado su verdadera cara. Me dan pena y asco, y les tengo cero credibilidad.

A Humala le han dicho de todo, pero uno de los calificativos que calzó hondo en los medios fue el de “lobo en piel de cordero”. Sin embargo, ante la amenaza inminente de traer de vuelta a un régimen comprobadamente corrupto y que su forma de gobernar se basaba en la opresión, el autoritarismo y la violación sistemática de derechos humanos, yo, con justa razón, me pregunto quién es el verdadero lobo.

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